29 mar 2008

De nuevo la contabilidad



Las mujeres están aprisionadas por los sujetadores. Arruinadas del todo.

Las mujeres están aprisionadas por los bolsos. Joder, apenas pueden avanzar.

Las mujeres están aprisionadas por los tacones. Las miras caminar y van lentas y torpes.

Yo siempre he pensado lo mismo: no merece la pena ser mujer.
Ahora me acuerdo de mi hermana, la pobre, era una puta, pero una puta de verdad. Trabajaba de miércoles a domingo. Al principio la queríamos igual porque no sabíamos lo que era eso, nos dijo: “soy puta” y nosotros le respondimos: “ah, muy bien nena ¿y cuanto te pagan por eso?” y nos dijo que se pagaba bien, que tenía un horario un poco raro y muchos compromisos informales.

No tardó mucho en transformarse en otra persona: siempre maquillada, siempre ojerosa, siempre pensativa.

Éramos uña y carne, mi hermana y yo; yo le contaba todo y ella me escuchaba; me daba consejos, que ahora entiendo revolucionarios y todo lo veo justo.

A la muy puta la han quemado viva por puta.

Cuando nos llegó la carta informativa del Estado de nuevas profesiones registradas, estaba la de puta, ¡dios santo!

No podíamos hacer otra cosa, el Estado avisaba de lo que ocurría a familias que ocultaban a profesionales prohibidos, y no queríamos eso, además mi hermana sólo era una mujer, si hubiéramos sido mi otro hermano o yo, quizás hubiera merecido la pena arriesgarnos, pero no por ella.

Mi madre lloriqueó un poco, no quiso ni mirarla, la encerramos en su habitación, ella no lo entendía, quería salir, sabía lo que íbamos a hacer.

Llamamos al teléfono de comunicación de agravios a la sociedad, y comunicaba.

Era normal, habían publicado la lista más extensa hasta la fecha de profesiones prohibidas, por inmorales, por demasiado especializadas, por muchas cosas, y la gente llamaba a todas horas, era un no parar de detenciones e inspecciones por doquier.

Mi hermana estuvo una semana encerrada en su habitación, y nosotros llamando, no había manera de conseguir la línea libre.

Mi madre le pasaba comida a escondidas, hasta que se enteró mi padre.
Tuvimos que encerrar a mi madre también, mi padre le dio su merecido.

Yo de vez en cuando me acercaba a la puerta y le contaba mis cosas, mientras siguiera con nosotros podía seguir desahogándome con ella, la escuchaba golpearse la cabeza con la puerta, estaba realmente fuera de sí, lloraba y me gritaba, me suplicaba que la dejara escapar, que la ayudara, que ella nos quería, que no sabía que era prohibido, que ella no era culpable, que era su hermana…

Entonces yo me aburría de oír esas tonterías y me iba con mi padre, con los hombres, o a ver a mi madre, que estaba muy triste.

Yo intentaba convencer a mi madre que era lo mejor para todos, que había salido mal, que no debía haber pedido una hija más, sino otro hijo; ella me miraba pero su mirada traspasaba mi cuerpo, en ocasiones me dio pena, pero hablé con mi padre.

Él me habló francamente: “a las mujeres no es necesario convencerlas de nada ni escucharlas, ellas están aquí para nosotros, hacemos lo que estimamos oportuno, tu madre no es mas que una mujer, muy buena, pero una mujer al fin y al cabo, así que no le des mas vueltas. Déjala. Ya se le pasará”.


Por fin cogieron el teléfono. Tramitamos la denuncia. Mi hermana gritaba y pataleaba en su cuarto, eran gritos verdaderamente desgarradores, como cuando matan a un cerdo o a un perro. Nos llamaba por nuestro nombre a todos, llamaba a su mama, decía que tenía miedo, que nos quería, que lo sentía; mi padre se ablandó un poco, bajó el auricular, y miró a mi madre.

Entonces actué yo: muy decidido le puse la mano en el hombro a mi padre y le animé a seguir con la denuncia, él se reafirmó en su obligación y siguió con el interlocutor.

A nuestro caso le dieron prioridad de urgente, decían que era peligroso tenerla más tiempo en casa.

Así que al día siguiente, llamaron a la puerta unos señores muy serios pero muy amables, quisieron hablar con mi padre aparte, pero él insistió en que estuviéramos sus dos hijos delante. Ninguno miramos a mi madre ni a la puerta de la habitación de mi hermana, que estaba algo cedida por sus golpes monstruosos.


Se dirigieron a la habitación de la recluida, así dijeron ellos, y entraron los dos a la vez, detrás mi padre, tras él corriendo mi madre para colarse entre todos aquellos hombres y ver por última vez a su hija. Yo apenas pude entreverla, pero me sorprendió ver que seguía con la misma ropa desde que la encerramos y que apenas tenía pelo, ¿se le habría caído o se lo habría arrancado? Con las mujeres nuca se sabe…

Se la llevaron, nos dijeron que no nos preocupásemos, el Estado se encargaba de limpiar la sociedad.

Se la llevaron y la mataron, era lo que se merecía, no pasa nada malo, hay más mujeres en el mundo, y sólo son mujeres.

He de reconocer que hubo momentos en los que pensé ayudarla a escapar, me dio pena, menos mal que el Estado me quitó esa idea de la cabeza, gracias a dios la sociedad esta muy concienciada de sus obligaciones, todo gracias al Estado que tenemos. Gracias a él soy un hombre nuevo.


Como mi padre.
Como mi madre.
Como mi hermano.


Todos somos mejores desde que mi hermana no está entre nosotros para sembrar el mal.




2008

28 mar 2008

Dime que me quieres... leer


hola,

soy Ángela, angelurri para los amigos y conocidos mas íntimos.

Este es mi blog, es algo nuevo para mí.

En realidad estoy impaciente por mostrar aqui mis relatos y escribir lo que sea.


He abierto un blog porque ha habido algunas cosas que no me cabían en el Fotolog (www.fotolog.com/angelurri)


Si estás aqui espero que dejes constancia del hecho, y sobre todo, si estás aqui y desde ahora te decides a leer lo que cuelgo, espero una crítica (constructiva) o una opinión; sería algo edificante saber que la gente me lee.

Bueno...

Creo que queda inaugurada esta nueva etapa virtual en la que me estoy metiendo, no prometo actualizar a diario por ahora, pero prometo hacerlo con ilusión.


angelurri