La princesa está triste. ¿Qué tendrá la princesa?
Desmostando su tristeza arroja su mirada lánguida por la ventana y no la recoge en horas.
"Este cuerpo no es mio" dice ella; y nunca nadie la entiende.
Se palpa las manos mientras mira al horizonte, a veces desde la cama, a veces desde su trono; explora las manos como si no fueran suyas: los dedos extraños que le llevan el desayuno a la boca, las palmas que ayudan a recoger el cabello en trenza interminable, las falanges que impiden la caída de los anillos/pesados/de oro/piedras preciosas/y sabe dios qué más/
La princesa viste siempre del mismo color, del mismo tejido: pesado, color responsable, cadena que impide irse-allí-lejos/
y lo asume tumbando un poco la cabeza hacia la izquierda, como buscando, como extrañada; y los mechones le caen mientras asume que es el pelo de otro y no el suyo el que le roza la mejilla.
La princesa camina despacio arrastrando su rubio complemento rizado por el suelo sucio del castillo. Las damas apartan las hojas secas y el barro que se enreda en el pelo casi muerto de las puntas. A la princesa no le importa.
"Este cuerpo no es mio" dice ella mirando a su madre; y la madre desesperada no la entiende. Dietas, aparatos de ejercicios, sastres nuevos, nada. al final ya no hacen nada. Porque nada funcionó en el pasado.
Y la princesa sigue triste, derrama su tristeza por donde quiera que vaya. El padre ensaya discursos frágiles y los lanza contra el espejo de su hija. "¿Qué tienes princesa?" y la princesa calla por toda respuesta.
"Este cuerpo no es mio" y ya sólo lo piensa.
Y se siente morir, se asquea: del traje, del pelo, de los dedos frágiles y las rodillas y los tobillos y los muslos y el vientre y todo lo que la hace ser.
Por Dios ¿qué tiene la princesa?
Ella lo sabe. Quiere marchitarse ya y que nada tenga sentido ni solución para poder decirlo.
Sin testigos del derrumbe, ella ha olvidado su vida ¿acaso esperaba? ¿acaso buscaba?
La princesa es el eje de un mundo que no ha decidido.
La princesa sabe de su imposibilidad para correr.
La princesa. La princesa. La princesa.
Un día la joven princesa se cansa. Sale de su alcoba desnuda, sin más protección que telas blancas y etéreas rodeando sus muslos. Grita al tropezarse con la gente del castillo. Decide correr, le duelen las plantas de sus delicados pies.
Quiere dañarlos al máximo. Quiere destruir las manos que le cuelgan de los brazos: golpea las paredes con los puños cerrados incrustando los anillos en la carne.
Corre a la cocina de palacio, la princesa sabe que allí hay cuchillos: a tajos rompe su melena de viento-de huracán y se convierte en una cosa más inerte.
La princesa por fin huye, llega al cielo, corre por los jardines, respira, se araña las piernas con arbustos estratégicos y ríe su propia sangre.
Porque esa sangre sí es suya
La princesa es feliz: princesa embarrada, princesa dañada, princesa herida, princesa demente.
Pero la princesa sabe que alguien querrá curar sus heridas, así que galopa por el jardín y busca el encuentro con la guardia armada /esa que tiene que rescatarla-atraparla/. Lo desea por ser el último mal: manos rudas oprimiendo los delicados brazos, contorsiones que podrían dislocar o incluso romper. Eleva los brazos, respira fuerte,
choca.
Prisión, heridas curadas, vestidos brocados, la habitación que la envuelve y la deja espiar desde la sola ventana. Señorita.
Mujer.
La princesa está triste. ¿Qué tendrá la princesa?