12 abr 2011

Pierre Menard, autor del Quijote



Como Borges, como su relato.
Lo mismo que el otro autor del Quijote: el mismo comienzo, las mismas palabras, igual extensión.
Otra historia, otro contexto. Otro sentido.
Un Quijote nuevo surgido de la mano de un francés.

Eso hice yo con los cuerpos: los convertí en iguales, en el mismo y a la vez en los extremos casi opuestos.
Era el mismo continente pero significaban vastamente lo contrario.

Le pensé a él en un cuerpo paralelo, que fue masa moldeada, arcilla en mi mente dibujando sus contornos y sus ademanes.

Me di cuenta de lo terriblemente anónimo que es todo, todos. Me di cuenta de que no había rasgos específicos ni movimientos asignados.

Vi con los ojos cerrados que él era un anónimo y que siempre, a partir de ahora, sería el mismo anónimo el que me siguiera.
Él.
Un cuerpo perfectamente delimitado, que ya no es farragoso; que no se pierden las barreras ni se siembra el caos.
Ahora todo será frío.

Mi amado se ha ido.
Y la fuerza del amante me ha dejado, ha salido de mi cuerpo sin yo querer provocarlo.

Ya no me reflejo en los cuerpos de nadie, ahora es una masa plasticosa y dura contra la que me choco, sin compromiso de rabia ni hormigas por el cuerpo.
Es algo opaco, inerte y pesado que está a mi lado.
Presente como objeto.

Fue maravilloso inventar el Quijote por primera segunda vez, pero luego... Luego no se sabe -nunca se sabe- qué hacer con ese libro, con esa copia perfecta que lejos de acercar el infinito lo coteja.
Lo asfixia. Lo mata.

Una copia. Un libro.
Un cuerpo.
Sólo hay uno.

Fue maravilloso reescribir el Quijote, imaginarlo diferente siendo exactamente el mismo.

Fue maravilloso hacerle un pliegue al universo y dejar dos cuerpos enfrentados casi unidos, dentro de uno solo.

¿Pero qué queda luego?
No lo sé, quizá la certeza, quizá el sentimiento o la vocación del anonimato. Del terrible anonimato empañando los cuerpos, volviéndolos atroces.
Numerables.
Insignificantes.
Carne.
Carne que no se usa para comer, ni para amar, para nada.

Pieles iguales, que no dicen nada. Cientos de pieles amontonadas una tras otra. Todas las pieles que tocaré en mi vida, las que ya he tocado, las que no tocaré.

Cuerpos fundidos en oscuro que yo misma he amasado: cosas que se tocan y respiran, que se van y vuelven a la idea de la que nacieron.
De mí misma.

Cuerpos que no son más que instrumentos que yo misma señalo, que lacero y cuido, porque al fin y al cabo yo misma soy un cuerpo y voy y vengo numerosas veces; cada vez que me reclaman; salgo de esa idea que hay en mi cabeza.

Entonces, si el resultado de todo esto soy yo misma ¿por qué me siento rodeada de trozos de madera inerte?
Ya no son eso que latía y que nunca me importó.

No es verdad, sí me importa.

Pierre Menard tras escribir el Quijote debió sentirse aliviado.

Yo debería hacer lo mismo.

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