
En mi salón late un corazón (un corazón enorme, como de ballena) que me recuerda algo.
Tengo miedo de salir de mi habitación, ¿cómo podría rodearlo?
Así que me quedo aquí, sintiendo su ritmo constante, mirando por la ventana, huyendo al agujero negro.
Y él sigue latiendo.
Y yo sigo aquí.
Si mañana todo sigue igual: le preparaé el desayuno (servido en una bonita bandeja) y le prestaré mis zapatillas.
Podríamos ser incluso amigos.
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