3 sept 2011

We fade to grey

Resultó ser ese tipo de egoísmo adolescente.

Y los dos lo asumieron bien, los dos deseaban olvidarse de ese contexto tedioso que les rodeaba y les asfixiaba.
Las siluetas se mostraban claras y evidentes desde la cristalera de la cafetería: eran dos personas disfrutando de su egoísmo.
Sin saber cómo empezar, unas cuentas, unos colores y ya se obró el milagro: ambos estaban sentados con un café ya tibio como arma y excusa.
Él estaba casado. Vestía con chaqueta gris marengo y corbata azul. Tenía las manos delgadas y era casi moreno.
Ella aún no lo estaba. Los breves tacones eran de los que siempre resonaban en el mármol. Una perla colgaba de su cuello y con ese hombre la risa era algo así como vertical, ascendente.

Primero hablaron sobre lo esencial: las cuentas, los problemas que acarreaba no cumplir los plazos, los departamentos implicados; ya se conocían y sabían cómo trabajaba cada uno. El café se enfrió y ella entonces pidió un zumo.

Y se inclinó sobre la mesa para escucharle.
Él sintió el protagonismo y aquello le gustó, siguió hablando. Empezó a hablarle a la mujer interior de Ella.
No fue una historia de penas matrimoniales ni dramas humanos, fue una historia divertida y ocurrente. De esas que se van adornando con mentiras y detalles falsos sin importancia.
Ella, divertida, le escuchaba cada vez más y no sólo a él, a su voz, sino también a sus manos, sus gestos, escuchaba también lo que le decía su forma de mover la pierna sin rozarla y su gesto para recolocar la chaqueta sin que se arrugara demasiado. Lo escuchaba todo y todo le divertía. Aunque también le daba miedo.
Pero eso lo supo después (cuando llegó a casa y no se iba la sonrisa tonta con el desmaquillante del algodón).
Antes se acodó en la mesa y se estrujaron las horas alrededor de ellos, tanto, que los móviles en vibración interrumpían apenas y del café fueron pasando por los zumos y los cocteles hasta llegar finalmente al vino.

Los camareros cómplices. Los horarios comerciales extensos. La vida frenética de la calle.

Se quedaron allí, charlando, riendo y sintiendolo todo por dentro: la emoción de descubrirse, el peligro mismo de hacerlo, lo prohibido y la incertidumbre que conlleva la frontera.

Con la segunda copa ganaron confianza, pero no había picardía en ellos, sólo emoción. Se mostraron tal y como fueron, tal y como eran. SE gustaron por la recopricidad, no se detuvieron a juzgarse o compararse.

Dejamos esta historia congelada, se ve desde la calle, a través del cristal de la cafetería.
Aún ríen y ya se rozan con las rodillas.


(uno de #borradores chungos, hoy)

1 comentario:

Paula dijo...

Me ha gustado,por el título creí que fuera otra cosa. ¿Acaso lo es? Dime que tu risa no es vertical, o que lo ha dejado de ser porque el Gris ahora es divertido!