Todo el mundo tiene tantas cosas que decir... que yo me pregunto si no deberíamos estar todos muertos ya.
A mi lado se repiten exactamente las mismas citas decadentes y aburridas, la misma gente que se reemplaza una y otra vez. No estoy segura de nada en este país.
La gente habla de Dios, de sus cosas, de sus verdades y de lo que hay que hacer de una forma velada. Vamos, que ni ellos mismos lo entienden. Que no saben qué coño dice su dios en esos textos salomónicos. Se imaginan que se refieren exactamente a sus vidas, los quehaceres que buscan para rellenar tantas horas de vida: perpetuar la especie, ser mejor persona, vestir bien y saber comer educadamente.
La gente escribe, y escriben tantas estupideces que yo me imagino que en lugar de esto deberíamos estar todos muertos. Todos animales. Sin conciencia que nos dicte palabras pegajosas.
Aludiendo a la relatividad de las cosas, nuestros asuntos deberían ser la pata arrancada de una araña cualquiera. Que...da igual, se va a morir en el siguiente minuto que contemos.
Morir o vivir en el mundo degradado-deseado del plástico y la juventud. Hablo de prótesis y de superficialidad. Hablo de ignorancia, de miedo. Sobre todo, hablo del dolor.
Y saber que este miedo no es peor que las palabras pegajosas de cualquier dios, o de cualquier golpe de sangre en mi camiseta blanca impoluta. Hablo de buscar la legitimidad a la hora de rechazar mis propios deseos, mis propio instinto.
Esto debería estar en el cuaderno rosa.
Cuanta mierda hay que escribir antes de volver a ser yo.
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