27 jun 2011

Humildad musical y principios alternativos

A lo mejor sólo pasaba que se necesitaban, el uno al otro.

Puede que se conocieran por casualidad, que no fueran los mejores, ni los más deseados, pero puede que fueran los que estuvieron en el momento y en el lugar.

Y sin saberlo ya estuvieran predestinados a pasar infinidad de momentos de esperanza juntos.

Porque la esperanza que se pierde y se recupera, es la mejor de todas.

Ella.

Trabajaba en algo social (él nunca llegó a enterarse bien), siempre llevaba vaqueros y botines, y una cola baja.

Todo muy urbano, miraba con timidez y por las noches a veces se quedaba en casa para darse pena a sí misma. No llamaba a nadie.

Se llamaba Laura.

Él.

Usaba las camisas por obligación aunque se gustaba vestido de chaqueta. No usaba gomina y desde que la vio a ella se propuso acabar junto a ella sus días. Al menos intentarlo.

Su trabajo era aburrido y él era carismático, invertía en comida y zapatos “24 horas”.

Se llamaba Luis, todos le llamaban Gon.

Ellos.

Se quisieron conocer un día muy feo: llovía mucho y la humedad en el ambiente era insoportable.

La historia fue muy sencilla: a él la lluvia le pilló en un bar con unos amigos; ella se refugió en ese bar con una amiga.

Todas las ciudades son pequeñas, todo el mundo se conoce. La amiga y los amigos hicieron algo juntos: un curso, unas prácticas.

Besos formales fue lo primero que ella recibió de él.

La educación de señorita le impidió mirarle más de lo normal, él no supo de su interés hasta el segundo encuentro fortuito.

Un par de tés helados para esperar el final de la lluvia y las dos amigas se fueron.

Gon indagó, preguntó y asintió pensativo. Ese día llevaba una camiseta roja.

Ella.

Recordaba del chico de la camiseta roja sus ojos: verdes, preciosos. Pero le gustó más el amigo de la camisa negra, tiró a la papelera cada uno de los nombres de todos ellos: información inútil.

Al llegar a casa se dio un baño y se sintió un poco triste, por eso de la espuma y la soledad. Siempre tenía unas expectativas demasiado altas sobre los baños de espuma: “los baños están sobrevalorados” pensaba, pero volvía a caer, y esperaba cada vez la misma cantidad de bienestar.

Cenó y vio una película con su compañera de piso.

Él.

Ya en casa se fumó un cigarrillo, miraba por la ventana y hacía recuento de las tareas pendientes para el día siguiente. Su vida estaba medianamente ocupada y quería encontrar a alguien con quien acostarse: sólo para tener a alguien a quien abrazar, por las mañanas antes de irse al trabajo, y luego seguir con su vida hasta la noche, abrazarla al llegar y cenar juntos.

Comodidad y amor, hasta que se terminó el cigarrillo pensó en trabajo, luego en la cena y después en ver algo en la tele.

Vieron la misma película.

Ellos.

El segundo día él llevaba camisa, andaba por la única calle que le alejaba del trabajo, una avenida grande con aceras amplias y coches que arañaban el asfalto.

Ella andaba abstraída en su agenda: tenía cuatro visitas ese día, tendría que hacer malabares para conseguir terminar a tiempo.

Ella no le vio a él; él la siguió con la mirada: no estaba especialmente guapa ni arreglada. La miró hasta que la tuvo cerca, lo suficiente como para alargar el brazo y tocarle el hombro. Se preparó con una sonrisa y una voz casi dulce pero fuerte “¿Laura?”

Ella se sobresaltó: no esperaba que nadie la sacara de su mundo tan delicadamente, reaccionó medio metro más tarde y tuvo una perspectiva de él más amplia.

Era un hombre arreglado, que la miraba sonriendo con el brazo alzado –como para no perder el momento del contacto-.

“Di algo” pensó ella, un saludo y una excusa por haber olvidado el nombre del chico. Entonces el rió y a ella le encantó su risa, y cuando a ella le gustaban las risas de la gente se acercaba más a ellos para no perdérsela –como si fuera un espectáculo irrepetible-. Se acercó a él riendo también, supo el nombre y ya no lo tiró.

Él preguntó cortésmente por ella, ella respondió con una respuesta descontrolada: un chorro de información sobre su trabajo que él no supo esquivar y le alcanzó de lleno. De nuevo la risa, de nuevo una aproximación.

Interrumpían a los transeúntes ahí parados, él propuso un café, acababa de salir del trabajo, no tenía nada que hacer.

Ella se excusó de nuevo: tenía cuatro visitas, debía volar para llegar a todas. Pero quería, así que con fórmulas naturales pero predefinidas se intercambiaron los móviles.

La despedida de esos diez minutos de charla les gustó a los dos: la mano de él acariciando la cara de ella durante la cortesía de los besos, rozando el borde de la nuca.

Quedaron en llamarse más tarde. Más tarde. Más tarde.

Él.

Volvió a casa de buen humor. Llamó a un amigo y se fue a jugar un partido de tenis.

Ella.

Voló por la ciudad atravesándola de una punta a otra, haciendo visitas, aliviando algunas vidas y jodiendo otras. A las ocho él la llamó. Su pantalla le dijo: LUIS OJOS VERDES está llamando.

Ella iba en un autobús ruidoso, y se aclaró la voz antes de responder. Un hola demasiado agudo salió de su garganta y para corregirlo le dijo varios holas en distintos tonos, él rió un poco y dijo un solo hola, sereno y agradable.

Él.

Decidió llamarla.

La llamó, le respondió y ahora no sabía qué decirle. Le preguntó por el trabajo –aún le quedaba una visita-. Él estaba en albornoz con el pelo mojado. Pero quería verla.

“Te recojo cuando termines y nos tomamos una cerveza, ya no es hora de cafés”

Ellos.

Quedaron a las nueve y media, él se perdió, nunca había visitado aquella zona de la ciudad. Estaba inquieto, en ese barrio podía pasar cualquier cosa ¿dónde coño estaba metido?

Ella le estaba esperando debajo de una farola, y cuando vio pasar un coche por la calle de al lado corrió en su dirección. No tenía miedo, pero sabía que era muy fácil perderse por esas calles, sobre todo en coche. Se dijo “idiota,idiota,idiota” mientras corría “ no debería haber quedado aquí con él”.

Llegó a la calle y vio como el coche se paraba a preguntar la tarifa de una puta. Paró en seco, no era él. Un coche por detrás de ella frenó: “¿Laura?”

Ella le sonrió.

Él le dijo: Sube, vámonos de aquí, estoy acojonado.

Ella se rió y dio la vuelta al coche para subir, se fijó discretamente en él: se había cambiado, ya no llevaba los pantalones negros y la camisa, ahora iba en vaqueros y camiseta. Conducía rápido y serio.

Ella le explicó su trabajo y él asentía.

Él le preguntó: “¿vino o cerveza?” y ahí empezó la historia.

Ella.

Respondió que le daba igual, él insistió: “si te gusta el vino vamos a un bar de vinos genial que yo conozco y si prefieres cerveza paramos en cualquier cervecería”. Pensó que le estaba poniendo a prueba, en realidad prefería vino pero sólo tenía cinco euros en la cartera, así que dijo: “cerveza”.

“Ok.”

“Bueno en realidad prefiero el vino, me gusta mucho el vino, pero no tengo dinero en la cartera, tendríamos que ir a sacar dinero antes”

Él.

Sonrió de nuevo y se quedó con esa frase en la cabeza un segundo, fingió concentración en la maniobra de adelantamiento, y paladeó aquel nosotros que a ella se le había escapado.

“No hay ningún problema, iremos a sacar dinero”

Se fijó en ella, la miraba de reojo mientras hablaba, la camisa blanca ancha y los vaqueros gastados, los botines sucios y la cartera enorme rebosante de papeles.

Tenía ganas de besarla, tenía ganas de parar el coche ahí mismo y besarla. Quería tocarle el pelo.

Pensando en eso se equivocó de camino, tuvo que parar y dar media vuelta, giró el cuerpo para ver bien apoyándose en el asiento de ella, sintió la proximidad de su hombro. Le gustó.

“menos mal que no se ha dado cuenta”

Siguió conduciendo a medida que se iba poniendo más y más nervioso.

Ellos.

13 del 6

1 comentario:

Emilienko dijo...

Bestial. Estoy hay que leerlo enamorado.