15 jun 2011

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Tengo muchos hombres en la cabeza.

Mi cabeza es como una sala de estar, todo el que llega tiene el derecho a quedarse. Sin preguntar.

(una sala de estar vacía, de paredes cóncavas rojas, hechas de piel de cabeza, y un sofá antiguo moderadamente cómodo verde oscuro, con aspecto de estar lleno de polvo;

una sala con la luz atenuada: sólo la que llega por los oídos y los ojos)

La gente cuando se queda quieta en un sitio, puede llegar a aburrirse.

Entonces me hablan, todos a la vez.

Claro, cada timbre de voz es diferente, cada uno está a una distancia distinta de mis oídos. Los hay más tímidos y más charlatanes.

El caso es que no se callan, a veces me canso. Pero les sigo escuchando a casi todos, y cuando veo que hay alguno más rezagado que los otros le acabo preguntando: ¿qué te pasa, por qué estás tan callado? ¿No quieres molestarme un poco como los demás?

Le sacudo levemente como a un cachorrito que está dormido.

Claro en el momento en que él me responde yo ya siento su molestia (por otro lado deseada) y me quedo tranquila. –Como una madre que se asegura de la respiración de su hijo-

Y cuando están todos hablándome, yo imagino la imagen como si de una escena cómica se tratase: todos hablándome a mí, cada vez más fuerte, gesticulando como locos, riéndose, enfadándose, a veces saltando, agitando los brazos.

¡Cómo los Sims!

Algunos se han ido con el tiempo, otros han aprendido a gritar más fuerte, varios han comenzado a ser alegremente ignorados.

Pero a todos los veo como a niños pequeños y caprichosos que no hacen más que retenerme en un estado emocional feo y decadente.

Claro, el problema llega cuando me doy cuenta de que ellos están en mi cabeza, que son muy pequeñitos (¡están dentro de mi cabeza!), y que por lo tanto no son personas reales: son proyecciones de lo que fueron y significaron en mi vida. Los he creado yo.

Son mi ruido personal.

A veces ese ruido me agobia, a veces me reconforta –porque hay silencios insoportables-.

Pero no es bueno, creo que de ahí vienen mis migrañas.

Así que voy a fabricar una escoba diminuta, la voy a introducir por mi nariz, con ella voy a llamar a la puerta de esa sala de estar. Alguno de ellos abrirá, posiblemente el más educado o arrojado; lo hará sin preguntar, seguro que están acostumbrados a que lleguen inquilinos nuevos sin avisar. Entonces, con fuerza, los barreré a todos: cogeré la escobita con un par de dedos y los arrastraré hacia la nariz.

De un estornudo saldrán poco a poco de mi cabeza, unos lo harán rápido, sin problemas, otros se aferrarán y tendré que estornudar más veces.

Aunque seguro que los hay listos: quedará alguno en mi sala de estar, escondido tras el sofá o camuflado en una pared. Me seguirá hablando.

Pero estoy segura de que tras mucho estornudar acabaré echándolos a todos.

Y echaré en falta mi ruido personal.

Me veré obligada a apreciar el silencio y a evitar la desesperación, pero sé que soy fuerte, podré hacerlo.

(Y dejaré la escoba detrás de la puerta, por si acaso)

Si me veis estornudar, deseadme suerte: estaré luchando por vaciar mi sala de estar.

Esa que todos tenemos.

1 comentario:

ruben madera dijo...

el muñeco vudu, extraña sus alfileres