19 jul 2011

Ya no se puede.

Préstame tu cuerpo. Sólo una noche. Prometo no dañarlo. Sólo para abrazarme. Por la mañana, tras el desayuno, prometo devolverlo. Lleno de amor. O de cariño.

Pero dime que no lo traerás usado. Que no hallaré el rastro de otro préstamo. Déjame ciega para eso. En el fondo no me importa.

Sólo. Eso.

A cambio un trozo de mí misma. ¿Qué necesitas? Un trozo de hígado, un riñón. Puedo hacerlo. (Por tu cuerpo puedo hacerlo).

Haremos el intercambio en algún lugar apartado. Fuera de la ciudad. Fuera del tiempo. Lejos de nuestros presentes.

Será fácil: yo no quiero tu mente. No quiero tu corazón. Quiero tu cuerpo y su calor.

Lo sé. A medida que escribo se trasluce la mentira.

Pero tú no sabes caminar, así que no podrías escapar aunque esta idea te asqueara.

Pero yo no soy cruel y tú no eres, ni siquiera ya eres.

Y el mundo sabe, porque lo ha visto, que las cosas no suceden así.

Así: de esta manera fría.

Que la frialdad no se calcula, la frialdad se necesita.

Se busca y después se aplica.

No hay más historias.

No hay préstamos de cuerpos, por mucho que se necesiten, ni de cariño, ni de calor.

No podrás venir y alquilarme tu cuerpo sólo para una noche, no podré pedirte ese exorcismo, dicen que esas cosas no son éticas.

Hablando en abstracto como mascando un chicle.

24 de junio, viernes

No hay comentarios: